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Desde este espacio los invitamos a pensar, tanto los acontecimientos políticos como las producciones filosóficas y espirituales de nuestro continente y del Mundo Islámico, más allá de los presupuestos ideológicos a partir de los cuales se construye "la realidad" desde los medios masivos de comunicación y de los que se nutren, también, las categorías de análisis de buena parte de la producción académica.

Esperamos sus aportes.


viernes, abril 20, 2012

El amor caballeresco - T. Burckhardt





El amor caballeresco


Titus Burckhardt


   

El ideal caballeresco con todo lo que encierra de virtudes varoniles y culto a la mujer, tiene en el Islam un carácter mucho más amplio que en el Cristianismo; tiene antecedentes más antiguos, pues se deriva del ejemplo preislámico del caballero del desierto y posee una raíz más profunda, porque la espiritualización del oficio de las armas, la «guerra santa», desempeña un papel esencial dentro del Islam, mientras que en el Cristianismo es de derivación secundaria. Aunque haya habido guerreros santos dentro del cristianismo, ninguno de los apóstoles era guerrero, siendo así que el Islam nació, como quien dice, en la guerra. Puede ser que fuera precisamente este carácter más generalizado de la caballería en el Islam la causa de que allí, dentro del marco de la cultura islámica, no haya adoptado nunca un estilo tan pronunciado y exclusivo, como lo desarrolló la caballería cristianoeuropea con su heráldica, sus torneos y sus cortes de amor. Sin embargo, han existido períodos durante los cuales los elementos correspondientes de la cultura islámica, existentes ya desde siempre, se unieron de un modo más claro, formando una forma de vida caballeresca. En la España musulmana, ésta floreció lo más tarde en el siglo XI y no cabe duda de que desde allí habría de estimular fuertemente a los vecinos países cristianos.



La relación entre el carácter luchador del Islam y el oficio guerrero del caballero es evidente; lo que, sin embargo, no es fácil de comprender para el observador cristiano europeo es el hecho de que también la actitud caballeresca ante la mujer tiene un origen islámico. Y, a pesar de eso es así, ya que allí tiene, como quien dice, una doble raíz: por un lado se deriva de los famosos caballeros del desierto, que no sólo habían sido valientes luchadores y buenos jinetes, sino también poetas y frecuentemente grandes amantes; por otra parte se basa en el valor que el Islam atribuye de un modo general a la relación entre hombre y mujer: «El matrimonio es la mitad de la religión» dijo el Profeta que, personalmente, dio ejemplo de máxima bondad e indulgencia frente a las mujeres. El prejuicio según el cual el Islam menosprecia a la mujer, tiene su origen en un malentendido.



El Islam no menosprecia a la mujer, sólo distingue rigurosamente entre los dos sexos, adjudicando su rango a cada uno de los dos: como ser humano, dotado de un alma inmortal, la mujer no es, desde el punto de vista islámico, inferior al hombre; si no, no podrían existir en el Islam mujeres veneradas como santas; como hembra, sin embargo, queda sujeta al hombre, debe obedecer al hombre, no porque éste haya de ser necesariamente mejor que ella, sino porque la naturaleza femenina encuentra su realización en la obediencia, al igual que el hombre tiene que hacerse cargo del deber de mandar; la naturaleza humana está por encima de los sexos, pero el hombre se realiza por medio de su hombría y la mujer por medio de su feminidad. Según esto, el Islam separa decididamente el mundo de las mujeres del mundo de los hombres. A la mujer le pertenece la casa; en ella el hombre no es más que un huésped. Sin embargo, este enfrentamiento polar entre los sexos y la subsiguiente separación de los ambientes vitales constituye la condición psíquica previa tanto de la poligamia como de la veneración caballeresca de la mujer, por contradictorio que esto pudiera parecer a primera vista.



La condición previa externa para la poligamia es, dicho sea de paso, la circunstancia de que en un pueblo guerrero siempre existen más mujeres que hombres y que es necesario procurar protección y hogar a las mujeres sobrantes. Mas en un plano psíquico la poligamia origina justamente aquel distanciamiento entre los sexos que, si se da el caso y aparecen otros motivos adicionales, sirve de incentivo para una transfiguración amante de la mujer. No hay nada más ajeno al concepto islámico del amor sexual que el «compañerismo» entre hombre y mujer, de hecho, la relación entre ambos sexos es siempre más o menos que eso, por muy próxima que la mujer esté al hombre —y en cierto sentido está tan cercana a él como su propia alma— no obstante seguirá siendo para él en lo mas profundo de su feminidad algo lejano y misterioso. Mas sin el misterio de la mujer no puede haber culto a la mujer, ni poesía trovadoresca, ni sublimación espiritual alguna del amor a la mujer.



El menosprecio de la mujer, mejor dicho: su descuido espiritual, es un fenómeno que se da en la vida urbana decadente de los países islámicos; siempre va unido a la tiranía de las hembras dentro del marco de la familia. En cambio, en el mundo nómada y guerrero, donde los dos sexos aparecen como dos polos opuestos, el hombre tiende siempre a admirar a la mujer mientras, viceversa, la mujer espera que el hombre se muestre como señor. En este contexto es significativo un suceso relatado por una crónica española cristiana del siglo XII. Tuvo lugar en la época en que la España musulmana se encontraba bajo el dominio de los almorávides, que eran beréberes Y Procedían del Sahara, suceso que puso fin a una incursión de los reyes musulmanes de Córdoba, Sevilla y Valencia contra Alfonso VII de Castilla, que reinaba en Toledo y se hacía llamar Emperador de la España cristiana. Los reyes habían recibido la noticia de que Alfonso VII había salido con un ejército para sitiar Oreja, que está situada a alguna distancia de Toledo, Tajo arriba. Con ayuda del soberano almorávide de Marruecos, Yûsuf b. Tâshfîn (**) habían reunido un gran ejército con el cual avanzaban sobre Toledo, después de haber dejado emboscado por el camino una parte de él. Contaban con que Alfonso VII abandonaría a su llegada su campamento en Oreja para salir en auxilio de Toledo, de modo que las tropas emboscadas pudieran avanzar hacia Oreja y sorprender al campamento. Pero espías revelaron el plan al soberano castellano y éste decidió permanecer en el campamento de Oreja y esperar a los moros.



La crónica sigue literalmente así:



Mientras tanto, el gran ejército de los moabitas y agareños (términos aplicados a los beréberes y árabes) llegó a Totedo y atacó el castillo de San Servando, cuyas altas torres se mantuvieron ilesas, sólo se Perdió una torre fronteriza, pereciendo en ella cuatro cristianos. Acto seguido los sarracenos se trasladaron a Azeca, donde acamparon y empezaron a destruir viñas y frutales. En aquel tiempo se encontraba en Toledo la emperatriz doña Berenguela con un gran número de caballeros, infantes y ballesteros, colocados sobre las torres y murallas de la ciudad para defenderlas celosamente. Cuando la emperatriz vio los daños que producían los sarracenos en la campiña circundante, envió mensajeros a los reyes moabitas para decirles: Esto es lo que os dice la emperatriz, mujer del emperador: ¿no veis que estáis luchando contra mí que soy una mujer y que esto no es honroso para vosotros? Si queréis hacer la guerra, id a Oreja y luchad contra el emperador que os espera con el arma en la mano. Cuando los reyes, príncipes y caídes" sarracenos escucharon este mensaje, levantaron la vista y vieron a la emperatriz sentada en el aIjímez real, arriba en la torre más alta del alcázar, adornada como corresponde a una emperatriz y rodeada de un séquito de nobles mujeres, que cantaban y acompañaban su canto con panderetas, guitarras, címbalos, y salterios. Ante este espectáculo, los reyes, príncipes y caídes sarracenos y hasta los hombres del ejército se llenaron de admiración y de vergüenza, se inclinaron para saludar a la emperatriz y volvieron a sus tierras sin continuar su obra destructora, llevándose también las tropas emboscadas.



Sin embargo, para que el amor caballeresco tome forma de arte amatorio, no basta con la actitud varonil del guerrero; hace falta también un estilo de vida refinado, mucho tacto y una marcada sensibilidad para lo bello. Esta actitud se manifiesta en la obra de un famoso hombre de estudios hispanoárabe, Ibn Hazm de Córdoba, que vivía justo en aquella época de transición en la cual empezó a tomar forma el estilo de vida caballeresco. Abú Muhammad Alî b. Hazm nació en 994 de una familia de ascendencia visigoda o persa; su padre fue ministro (wazîr) en la corte omeya. Su juventud coincidió con la caída del califato. Después de intervenir en un intento fracasado de restablecer el califato, se retiró de la política y se dedicó hasta su muerte, acaecida en el año 1066, a las ciencias y a la poesía; se le atribuyen 400 obras. Entre otras escribió una historia de las religiones y sectas. De su libro sobre el amor, que lleva el título de El collar de la paloma extractamos el siguiente relato de su juventud:



Te contaré de mí que, en mis verdes años, anduve prendado de una esclava que se había criado en nuestra casa y tenía a la sazón dieciséis años. Era cuanto pueda pedirse en punto a hermosura del rostro y del entendimiento, castidad y pureza, pudor y dulzura. Nunca gastaba chanzas ni se daba a niñerías; se mostraba a maravilla risueña, pero llena de cortedad; carecía de tachas y hablaba poco; llevaba siempre la vista baja y se mostraba cautelosa; no cometía falta y siempre estaba sobre sí; se retraía con dulzura y con una no aprendida reserva; era gentil en su desvío y se sentaba con compostura; estaba llena de dignidad y era deliciosa en su esquivez. Las esperanzas no se encaminaban a ella ni los deseos se fijaban en ella. Ningún anhelo podía hacer alto a su lado. Y, sin embargo, su rostro atraía a todos los corazones, aunque su actitud rechazaba a cuantos se acercaban. Con su severidad y su reserva más atractiva era que otras que lo son con sus desenvolturas y favores. Ajustaba a la seriedad toda su conducta y no se mostraba propicia a las distracciones, aunque tañía el laúd por maravillosa manera.



Sentí inclinación hacia ella y concebí por ella un amor desatinado y violento. Dos años, poco más o menos, anduve esforzándome con el más grande conato en que me diera una respuesta y en oír de su boca otras palabras que no fuesen las que en las comunes pláticas se brindan a todo el que escucha; pero no logré nada en absoluto.



Me acuerdo que un día se dio en nuestra casa una fiesta, con una de esas ocasiones en que suelen celebrarse tales saraos en las casas de los grandes. En ella se reunieron nuestra familia y la de mi hermano (¡Dios lo haya perdonado!), nuestras mujeres y las de nuestros pajes y servidores más allegados, gente toda agradable y cortés. Estas mujeres se quedaron en casa durante el centro del día, pero más tarde se trasladaron a un torreón que había en la finca, dominando el jardín de la casa, desde el cual se divisaba toda Córdoba y su vega y en cuyos muros se abrían varios ventanales; y se pusieron a mirar a través de las celosías. Yo andaba entre ellas y me acuerdo que me dirigí al hueco de la ventana en que ella se hallaba, con la mira de aproximarme a ella y procurando tenerla cerca; mas, apenas me vio a su lado, abandonó aquella ventana y con gracioso meneo se encaminó hacia otra. Entonces me propuse marchar hacia esa ventana a que se había ido; pero volvió a hacer igual, dirigiéndose a otra distinta. Las demás mujeres no caían en la cuenta de lo que hacíamos porque eran muchas y todas se mudaban de unas ventanas a otras, para ver desde las unas aquellas partes del paisaje que no se dominaban desde las demás; pero ella sí conocía mi pasión, porque has de saber que las mujeres descubren quien siente inclinación por ellas con penetración mayor que la de un caminante nocturno que rastrea las huellas. Luego bajaron al jardín y entonces las mujeres de más años y de mayor respeto pidieron a su señora que les dejara oír cantar a mi amada. Cuando lo hubo mandado, tomó ella el laúd y lo templó con tanta modestia y rubor que nunca vi nada parecido; y sabido es que se duplican los encantos de una cosa a ojos de aquel a quien le gusta. Por fin rompió a cantar los versos de alAbbâs ibn alAhnaf (poeta famoso de la corte de Hârun alRashîd)...



Por mi vida, que el batir de su plectro parecía rasguear en mi corazón. Jamás olvidaré aquel día ni se me irá de la memoria hasta que yo me vaya de este mundo. Es lo más a que llegué en punto a verla y a oír su voz. Poco después a tercero día de que el Príncipe de los Creyentes Muhammad alMahdî se alzase con el califato, mi padre el visir (¡Dios lo haya perdonado!) se mudó desde nuestras casas nuevas de la parte a saliente de Córdoba, en el arrabal de alZâhira, a nuestras casas viejas de la parte a poniente de Córdoba, en Balât Mugît. Yo también me mudé con él. Ocurría esto en chumada 11 del año 399, y en ella no vino con nosotros por ciertas razones que así lo aconsejaron. Luego, después de la segunda proclamación del Príncipe de los Creyentes Hishâm al-­Mu’ayyad, me distrajeron de ella las persecuciones y la hostilidad de los hombres de aquel gobierno, pues padecimos cárcel, vigilancia y fuertes exacciones, te­niendo que escondernos. Más tarde tronó la guerra civil y se extendió por doquiera, afectando a todas las gentes, pero en especial a nosotros. En éstas, murió el visir mi padre (¡Dios lo haya perdonado!) a prima tarde de un sábado, dos noches por andar del mes de dûlqa’da del año 402. A su muerte seguirnos lo mismo, hasta que un día tuvimos en casa el entierro de un allegado. Aquel día la vi. Elevaba sus lamentos, asistiendo al duelo en medio de las mujeres, entre el grupo de las lloronas y plañideras. Su vista suscitó la pasión acallada, removió el sosegado amor y me hizo recordar el tiempo antiguo, el remoto martelo, la época lejana, los instantes felices, los meses transcurridos, los sucesos pasados, los momentos desaparecidos, los días que se fueron, las huellas que andaban borra­das. Ella renovó mis tristezas y excitó mis angustias, aunque yo estaba aquel día afligido y atormentado por otras cosas. No sólo no la había olvidado, sino que crecieron mis ansias, y se encendió mi sufrimiento, y se afirmó mi tristeza, y se redobló mi pena y, en cuanto la pasión lo hizo venir, lo que estaba oculto se presentó obediente. Entonces compuse una poesía de la que son estos versos:



Hace llorar por un difunto que murió muy honrado,

cuando más merecería el vivo que por él corrieran las lágrimas.

¡Maravilloso es que esté triste por quien bajó al sepulcro

y no lo esté por el que es asesinado injustamente!



Más tarde la suerte redobló sus golpes y tuvimos que emigrar de nuestras casas, cuando nos vencieron las huestes de los beréberes. Salí de Córdoba el primero de muharram del año 403 (13 de julio de 1013), y volví a perderla de vista, después de aquella única ocasión, en que la encontré, durante seis años y pico.



Cuando volví a Córdoba en lawwál del año 409 (10 de febrero al 10 de marzo de 1019), paré en casa de una pariente nuestra y la vi allí. Casi no la hubiera reconocido de no haberme sido dicho: “Esa es Fulana”. Se había alterado no poca parte de sus encantos; desaparecida su lozanía; agostado aquella hermo­sura; empañado aquella diafanidad de su rostro, que parecía una espada acicalada o un espejo de la India; mustiada aquella flor, donde la mirada se dirigía con avidez, se apacentaba con delicia y se alejaba con ofuscación. Sólo quedaba una partecita que anunciaba cómo había sido el conjunto y un vestigio que declaraba lo que antes era todo. La causa de ello fue el poco cuidado que tuvo de sí misma; la falta de la protección de que gozó en los días de nuestro gobierno, cuando vivía a nuestra sombra, y el cambio de situación a que se vio por fuerza sometida, del que antes estuvo resguardada y a seguro.



Son las mujeres como plantas de olor que se agostan si no se las cuida o como fábricas que se desploman de no entretenerlas. Por eso ha habido quien ha dicho que la apostura varonil es de realidad más auténtica, de arrimos más firmes y de mayor excelencia, por cuanto soporta cosas que de sufrirlas no más que en parte los rostros de las mujeres, experimentarían los mayores trastornos; tales como el sol de mediodía, la brisa del desierto, los vientos, el cambio de clima y la vida al aire libre.



Aún así, si hubiera conseguido de ella la menor condescendencia y hubiera estado conmigo un tanto amable, habría desvariado de placer y muerto de alegría...

(Traducción de García Gómez)



En el mismo libro desarrolla Ibn Hazm una filosofía del amor influenciada por Platón, semejante a la que había sido expuesta anteriormente por un autor persa, Abû Dâwûd de Ispahán. Según ella, la atracción mutua de dos seres humanos, si es de naturaleza duradera, pone de manifiesto una afinidad electiva de las almas que existe desde la eternidad. Por cierto esta idea se encuentra arraigada en el Islam y se relaciona con el dicho del Profeta, según el cual las almas están emparejadas desde el origen y en la tierra sólo reconocen su afinidad.



La nobleza de esta doctrina erótica reside en el hecho de que va más allá no sólo de lo instintivo, sino también de toda psicología en el sentido común de la palabra, ya que ve en el deseo amoroso del alma la expresión de un destino atemporal. Sin embargo, no es tampoco exhaustiva, ya que no tiene en cuenta la esencia total de los dos sexos. En efecto, la ley de la afinidad electiva que conduce al encuentro de las almas, tiene validez también fuera de las relaciones hombremujer. Probable­mente el concepto más profundo del amor mutuo entre el hombre y la mujer lo encontramos en la mística, particularmente en el famoso místico andaluz MuhyîlDîn lbn alArabî, al que mencio­namos aquí anticipadamente, ya que habremos de hablar de él más adelante. Nació —dicho sea de paso— justo cien años después de la muerte de lbn Hazm, en 1165, y por tanto perte­nece a una época en la cual la forma de vida caballeresca, de la que se trata aquí, había pasado ya su apogeo. No obstante, su metafísica del amor es importante en este contexto y esto en primer lugar porque nos permite ver desde el punto de vista islámico que el amor sexual es susceptible de la más alta espiritualización. Bien es cierto que lbn alArabî no escribe para la generalidad musulmana; sólo se dirige a los hombres dotados para la visión espiritual y por ello se expresa con breves alusio­nes, a modo de chispas que encenderán la luz interior. No obstante, su modo de contemplar las cosas se deriva de premisas islámicas, particularmente del ejemplo del Profeta. Pues las rela­ciones de éste con las mujeres, que pueden parecer en los ojos de un cristiano un rasgo mundano, necesariamente tienen para un musulmán, particularmente para uno acostumbrado a una visión espiritual de las cosas, un sentido totalmente diferente, incluso contrario, a saber: la santificación del amor sexual. El musulmán parte de la idea de que todo lo que haya hecho el Profeta, hasta la acción más banal, por ese mismo hecho es puesto en una relación particular con Dios y se convierte, como quien dice, en vaso de la presencia divina.



En su libro «Engarces de la sabiduría» afirma lbn Arabî que el hombre ama a la mujer porque es para él semejante a la visión de su esencia más íntima. Eva procede de Adán, es decir, el hombre, en su esencia atemporal, posee tanto la naturaleza masculina como femenina, ambas pertenecen a su totalidad adá­mica que ha sido creada a «imagen y semejanza de Dios». Según esto, la mujer es para el hombre como un espejo de sí mismo ya que le da a conocer aquella parte de su propia esencia que le está oculta.



Ahora bien, el conocimiento de sí mismo es el camino hacia el conocimiento de Dios, según las palabras del Profeta: «Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor.» Pues de antemano, el hombre no se conoce; se llama a sí mismo «yo», pero no sabe qué es ese «yo» en el fondo; se parece al ojo que ve todo pero no puede contemplarse a sí mismo. «Del hecho de que no te conoces a ti mismo», dice lbn alArabî, «puedes concluir con toda razón que Dios permanece incognoscible e inalcanzable, a no ser que llegues a conocerte a ti mismo y por ello conozcas a tu Señor». Por un lado, la mujer se encuentra más alejada del origen divino que el hombre ya que ha sido creada después que él y por su naturaleza le contempla desde una posición inferior, por otra parte, en el espejo que es para él la esencia de la mujer, se le manifiesta al hombre aquello que es superior a él. Por el hecho de recordar la mujer al hombre su esencia original salida de Dios, ella es para él espejo de Dios. Este es el sentido más elevado del amor de la mujer. Después de todo brota del amor de Dios hacia su propia imagen en el hombre.



El hombre espiritualmente perfecto, dice Ibn alArabî, no ama a la mujer por mera pasión, la ama porque ve en ella la imagen de Dios. No es posible «contemplar» a Dios en si, en su esencia que supera todas las formas y todas las manifestaciones; aún siendo posible conocerlo de cierto modo inefable, «contem­plarlo» sólo se consigue de un modo indirecto, en un símbolo; mas el símbolo más perfecto de Dios es el hombre en su integri­dad adámica. Siendo así que el hombre encuentra esta integridad por la mujer, ella es para él el símbolo más perfecto de Dios.



Va implícito en la esencia del amor el que busque la unión total con el objeto amado: espiritual, psíquica y física. Mas en el plano físico, la unión sexual es la más completa. Ella es, en sí, un símbolo de la desaparición de los antagonismos dentro de la unidad divina, igual da que el hombre que la realiza tenga conciencia de ello o no. «Pues la forma tiene siempre el significado que va implícito en su esencia, sólo que no se hace consciente en el hombre que se acerca a su mujer o a una mujer cualquiera exclusivamente en busca del placer; tal hombre es tan ignorante de sí mismo como lo puede ser cualquier extraño, al cual no le ha hecho confidencias jamás.»



Con estas consideraciones hemos traspasado ampliamente el horizonte del amor caballeresco; sin embargo no nos hemos apartado de nuestro tema, cosa que se puede ver en el hecho de que el mismo MuhyîlDîn lbn alArabî escribió una. serie de poemas amorosos, en los cuales la amada aparece simultáneamente como mujer terrena y símbolo de la sabiduría divina, y también porque —al otro extremo de la cadena que va desde la lírica árabe, pasando por los trovadores provenzales hasta la Toscana— está Dante Alighieri que compuso su «Vita nuova» en el mismo sentido.



En el mundo islámico existían por doquier hermandades que podemos llamar órdenes militares y que estaban fecundadas en mayor y menor grado por la mística, fenómeno comparable a lo que ocurría también en las órdenes militares cristianas. Su lema era la expresión árabe futúwa, que podríamos traducir por no­bleza de alma y que, más exactamente, comprende las virtudes caballerescas del denuedo, de la magnanimidad y de la generosi­dad. Para el árabe, la generosidad ha sido siempre sinónimo de auténtica nobleza, y la generosidad del corazón implica el amor: Lamor e il cuor gentil sono una cosa, «El amor y el corazón generoso son una misma cosa», diría Dante.



En este punto se separan los caminos y los modos de proceder. Existía el amor caballeresco que tenía un fondo espiritual, y el amor más bien cortés, que se movía entre seriedad y juego. Exactamente el mismo abanico de actitudes lo encontramos también al otro lado de los Pirineos, primero entre los caballerospoetas de Provenza y luego en todo el mundo latino­germánico.



A pesar de que el Islam dejara mayor margen a la sensualidad que el cristianismo, a menudo la canción de amor caballeresco revela entre los hispanomusulmanes una extraña influencia platónica en el sentido más estrecho de la palabra, mientras las canciones de los trovadores provenzales son frecuentemente tan despreocupada y desenfrenadamente sensuales como puedan serio, v. g., los poemas de un lbn Quzmán. El polo espiritual del amor caballeresco cristiano se manifiesta en la Santísima Virgen; el rey Alfonso el Sabio, el gran mediador entre la cultura árabe y el Occidente cristiano, compuso sus cantigas dedicadas a la Virgen en forma de zéjel hispanoárabe.



Fuente:  La civilización hispano-musulmana, capítulo 7, pp. 115-125, Alianza Editorial.

** No pudo tratarse de Yûsuf, que murió en 1106, siendo así que Alfonso VII empezó a reinar en 1126. Probablemente el hecho se produjo en la campaña de 1139, siendo emir de los almorávides Alí b.Yûsuf. N. del T.